Los viernes siempre tienen el don de parecer el inicio de algunos días de otra vida, cuando por fin, se viene un fin de semana de promesas y expectativas gastando el tiempo en actividades que han de parecer de seres humanos normales. De igual forma, toca trabajar en esta tarde de noviembre. Entro en el consultorio con la prisa de siempre, por eso del tráfico pesado de la Avenida Pedro de Heredia y sus alrededores que me han hecho atrasar. Enciendo el computador. Me coloco una bata. Procedo a llamar al paciente que por primera vez se serviría de mis servicios. Ingresa un hombre de un metro setenta de altura, con camiseta blanca, jeans y tenis blancos. En la mano derecha trae una bolsa con documentos y algunos medicamentos que, comentó, acababa de recoger en un punto de entrega. La entrevista comienza con la formalidad y la secuencia de preguntas que llevarían a cumplir el objetivo de esta sesión.
El asunto comienza contándome qué, hay muchos medicamentos que no se los dan desde hace más de dos meses y que ha tenido que colocar querellas en la entidad que cumple con esta función. Dice que dentro de todas las otras consultas (Trabajo Social, Psicología y Psiquiatría) todo ha ido normal y que en su trabajo le está yendo muy bien. Que ya logra dormir y que todos los días se despierta descansado y satisfecho con la vida que está llevando. Cuenta que todos los días debe hacer el desayuno y que hacía algún tiempo lo alternaba con irse sin comer o hacerse algo muy ligero. Que su rutina cambió por un lapso, pero que por suerte la volvió a retomar y se siente dichoso de ello.
Me levanto de la silla a procurar algo de agua, le sigo haciendo preguntas y la conversación se hace más fluida y eso me pone contento, pues hace meses atrás, había visto su caso en una reunión y las cosas no iban tan bien. Se relaja y extiende las piernas cuan largas son y se coloca echado hacia el espaldar de la silla, demostrando que estaba muy tranquilo. Me dispongo a escribir todo lo relacionado a la consulta en el sistema de información interno, escribiendo:
“Paciente que asiste a consulta sin acompañante. Bien aseado. Bien presentado. Orientado. Asiste a consulta de primera vez por Químico Farmacéutico, aparenta una actitud de interés y colabora con la entrevista, expresa mantener mejoras en su patrón de sueño inducido por medicación, no presenta inconvenientes para conciliarlo y/o mantenerlo, síntomas que manifestaba en anteriores consultas han disminuido en gran medida, mantiene buena ingesta de alimentos, pensamiento lógico, de curso normal, no presenta ideas suicidas, autolíticas, de muerte, ni otras ideas de riesgo en el momento; niega consumo de sustancias psicoactivas, alcohol o tabaco, y niega alteraciones de sensopercepción…”
Luego, indago sobre cómo está tomando la medicación en cuanto a horarios, dosis y frecuencia, para confirmar de que sigue con el buen uso de estos, cuando de repente me interrumpe y dice:
Doctor, este medicamento me lo tomo a las ocho de la noche (mostrando un blíster con tabletas de color azul tenue). Estás otras me las tomo una en la mañana con el desayuno y esta otra en la tarde antes de la cena (sacando de la bolsa dos medicamentos más).
Le felicito por ello, pues es la forma correcta de administrarse esos medicamentos. Revisando el sistema, encuentro que hay un medicamento que no me ha mostrado, pero que tiene prescrito desde hace tres meses y procedo a preguntarle por ese y me responde:
- ¡Ah, Doctor!, ¡verdad! Ese lo tengo en la mesita de noche que tengo en el cuarto. Ese está allá y me lo tomo a las nueve de la noche, ¿verdad, amor? – señalando a la silla vacía que estaba a su lado derecho en el consultorio.
- Yo, me lo tomo cuando mi esposa acuesta al niño y se pone a ver la novela. Ese me lo tomo con agua y debo quedarme en la silla por lo menos media hora, me dijo el otro doctor.
Me eché hacia atrás de mi asiento levemente y le pregunté:
- Pero cuéntame, ¿tu esposa sí te recuerda todos los días la toma del medicamento o te acuerdas cuando ella acuesta al niño o tú solo logras acordarte?
- No. Yo recuerdo apenas la veo acostando al niño – responde.
- Perfecto – le dije. Ahora, para la próxima cita que tengamos, me traes todos los medicamentos que tengas en casa. Por favor, dile a tu esposa que te recuerde.
Se sintió frio el consultorio. Se sintió el lamento y el dolor del amor perdido. El teclado del computador pareció haberse colocado en blanco. No sabía qué escribir. Solo continué…
- ¿Y tu esposa qué hace durante el día?
- Doctor, ella se queda con el niño en la casa. Cuando hay clases lo lleva al colegio y ella se pone a hacer los quehaceres del hogar hasta que yo llegue en la tarde.
- ¡Ah, ok! Claro, un hogar funcional – expresé.
Después de un silencio eterno, procedí a continuar escribiendo:
“Paciente que al inicio de la consulta parecía estar estable y coherente en superación de la perdida de su esposa e hijo en accidente de tránsito, pero no ha sido así. Sigue alucinando. Afirma que la esposa aún le ayuda con las cosas del hogar y hasta con la medicación que toma. Refiere actividades normales de su hijo como ir al colegio, dormir, entre otras.
Se solicita consulta prioritaria por Psicología, Trabajo Social y Neuropsicología para retomar actividades de recuperación del paciente, pues sigue en crisis con riesgo moderado.”
Le doy por terminada la consulta. El saludo cordial. Se levanta y dice:
“Vamos, amor, ahora toca ir a buscar al niño donde mi mamá.”
La mamá tiene siete años de haber fallecido, dice la historia clínica.
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Mi herma a ese Man tú eres el que le debes dar los consejos para volverlo a la realidad jajajaja tremendo escrito Bro...
ResponderBorrarGracias mi hermano.
BorrarExcelente historia, me gusto la forma en que da ese gran giro, tus escritos nunca defraudan
ResponderBorrarEntre al link por curiosidad ya que un contacto de Facebook lo compartió. Wow que sorpresa este escrito se siente tan real felicidades al autor 👏🏼👏🏼
ResponderBorrarMuchas gracias por leer. Espero puedan leer otros escritos de aquí del blog. Abrazos.
Borrarde admirar la redaccion!
ResponderBorrarMuchas gracias.
Borrar😎
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