El clima de agosto es muy aleatorio debido a los fenómenos de El Niño y La Niña, además de algunos frentes fríos y áreas de baja presión en el Caribe, que hacen que las lluvias aparezcan y desaparezcan en un mismo día, o que llueva un día sí y otro no; un agosto atípico o típico, depende de cómo lo mires.
Estaba
sentado en el amplio patio de su casa. Una silla de madera recostada a un árbol
de mango, que ya no brindaba muchas frutas, pero sí una placentera sombra. Con
el sombrero en la cara, tomaba una siesta. La camisa medio abierta para sentir
la frescura de la brisa que corre en este pueblo, del cual solo se acuerdan sus
residentes y los ancestros a los que se les hace apología. La tarde transcurría
en total tranquilidad entre cantos de pájaros y el silbido del viento al pasar.
—El
almuerzo está listo —le dice su esposa.
—Tráelo
al patio con la mesita, por favor, acá estoy mejor ubicado —responde él con la
dicha de saborear por enésima vez las ricuras culinarias de su amada.
Ella
le sirve en su plato de siempre.
—Que
lo disfrutes, mi amor. Lo hice con mucho amor para ti —le dice ella.
—Gracias,
mi amor. Hoy se ve igual de sabroso que siempre —responde él con el mismo
fervor de todas las veces anteriores.
Llega
la noche y la única luz que existe es la de la luna llena y un mechón trenzado
encendido, depositado en un frasco con queroseno. El silencio y la penumbra de
la noche toman protagonismo y ahora la cita de los vecinos es quedarse en la
puerta a saludar a todo el que pase de arriba abajo en este pueblo. Pasa el
hijo menor del vecino Juan, corriendo con una bolsa en la mano, que imaginamos
es algún mandado de la tienda que queda “allá abajo”. Pasa al mismo tiempo la
señora Francisca, con sus dos nietos agarrados de las manos rumbo a su hogar
como todos los días, después de visitar a su amiga Teresa. Un día normal en Pueblo
Tranquilo.
—Vámonos
adentro que está serenando y esas nubes en el cielo son de un gran aguacero
—digo yo.
Todos
nos sentamos en la sala. Cada uno en su silla. Un aguacero torrencial toma la
noche y ahí sí, nos vamos a dormir.
Nos
ponemos en pie en cuanto canta el gallo. Amaneció. Un nuevo día. Otro gran día
aquí en Pueblo Tranquilo. Un café. De la nada y con asombro me dice:
Mijo,
tremendo sueño tuve anoche. Coge la silla esa que está allá y ponte aquí cerca
para no hablar tan duro. Estaba soñando que era de madrugada y yo venía del
monte cabalgando porque la lluvia me había mandado para la casa; todo se pone
peligroso y difícil de transitar. De repente, cuando vengo entrando, está mi
esposa con un tipo acostada teniendo intimidad en la cama que compramos hace
años. Se decían cosas plebes y hacían mucho ruido. No dije nada, pero ella me
vio. Se paró corriendo para agarrarme y el tipo salió corriendo por el patio.
No hice nada. Solo me senté en la terraza a esperar que transcurriera el día;
ni hambre tenía. ¡Sueño feo!
Pero
el sueño no termina ahí. La cuestión es que, en la noche mientras estábamos
acostados, le preguntaba por qué lo había hecho si yo solo me desvivía por ella
y por nuestra familia. Le insistía en que por qué lo había hecho, además de con
qué cara se lo iba a decir a nuestros hijos cuando regresaran de pasar
vacaciones donde las tías. Nos dormimos sin discutir más nada. De repente, me
levanté de la cama y fui al patio a tomar aire a esa hora; recuerdo que llovía.
Después entré al cuarto. Ella dormía. Hice ruido para ver si se despertaba y
nada; estaba rendida. Ahí cogí y le amarré con alambre cada extremidad a cada
punta de la cama. Ella seguía dormida. Fui a la cocina entre la oscuridad y
tomé el queroseno que estaba en la lámpara y se lo rocié encima: le prendí
fuego. Las llamas comenzaron a hacerse más y más fuertes incendiando la cama de
madera, sábanas, almohadas, pero cuando ella siente que se está quemando,
intenta soltarse, pero sigue atada y comienza a gritar. Le puse un trapo mojado
en la boca para que no se escuchara nada. Tomé el banquillo que estaba en la
terraza y me senté frente a la cama a fumarme un tabaco, mientras ella se
incineraba completamente.
Luego,
recuerdo que llegó bastante gente a la casa cuando vieron la humareda y todo
incendiándose, pero yo seguía fumando el tabaco en las afuera de la casa,
viendo todo acabarse. Recuerdo que vino la policía y según me estaban llevando
preso para el CAI y toda la gente me preguntaba por qué lo había hecho, pero yo
no podía hablar ni decir nada: solo fumaba el tabaco. Menos mal que cuando la
gente me iba a linchar, me desperté y por eso te estoy brindando este café.
Amanecí asustado y agitado; la gente sí sueña cosas raras, mijo.
De
repente, lo interrumpo y le digo:
—Menos
mal fue un sueño, porque imagínate que no lo fuese.
—¡Menos
mal, mijo! Porque yo preso, eso no me lo imagino —dijo.
—Pero
¿por qué no le cuentas a ella el sueño? De pronto ella se va a reír a
carcajadas de tus cosas.
—¡No!,
¡no! Mañana o pasado se lo cuento, porque esa mujer si le echo ese cuento ahora
me dice que soy celoso, inseguro, bobo y un pocotón de cosas, siendo así,
entonces mejor no.
—Bueno,
está bien. El café está muy bueno, ¿cierto?
—Buenísimo.
Ese me lo trajeron desde la Sierra hace dos días —me responde.
Procedo
a levantarme de la silla. Recojo mi computador. Tomo mi vaso con café. Esta
consulta es la número siete con este paciente encarcelado en la celda B029 del
penitenciario de máxima seguridad por feminicidio agravado; estas consultas se
hacen mucho más extensas y tediosas con el tiempo.
—Por
favor —dijo el psiquiatra señalando al equipo (químico farmacéutico,
trabajadora social, psicóloga y neuropsicóloga)—, otra consulta más y si sigue
igual procedemos a remitirlo a una unidad terapéutica de alta complejidad de
pacientes con enfermedades psiquiátricas agudas o crónicas y trastornos
psicológicos.
Salimos
del centro carcelario con los protocolos propios de un centro de máxima
seguridad.
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woffff
ResponderBorrarGracias.
BorrarEs un thriller psicologico
ResponderBorrarPodría serlo facilmente.
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