Llego. Abro la puerta. Me siento
en este mueble que ha vivido más que yo, pero solo me acompaña hace un par de
años. La luz debe permanecer apagada. Es hora de encender mi alma. Debo
encontrarme conmigo mismo, pero a la vez alejarme de mí.
Tomo el celular. Estoy aquí, pero no estoy en ningún lugar. No soy de aquí ni de allá, como diría Cabral. Me pregunto cómo ha ido el día. Me respondo: seguimos vivos. Me digo que es una gran vida, pero una voz dentro de mí objeta: aún no lo es.
Abro la nevera. La cierro de nuevo. Camino los cuatro metros del pasillo hasta llegar al cuarto. Prendo el abanico y me acuesto. Vuelvo al teléfono, veo la vida pasar. Pienso en descansar, en culminar el día.
Pero algunos pasos más atrás,
vengo también yo. Diciéndome que no me acueste, que hay que sentarse en el
computador, terminar cosas, seguir los proyectos, alcanzar el éxito. Me recalco
que no, que ya está bueno, que hay que no ser nadie de vez en cuando ni
intentar nada: solo vivir.
Me recuerdo que la vida se acaba,
que el tiempo seguirá. Enfatizo que no importa; que nada es para siempre. Luego
me acuesto a mi lado, me miro a los ojos y me abrazo. También yo, empiezo a no
hacer nada. A solo escuchar canciones, a intentar dormir. A seguir con la
esperanza de que mañana, yo termine este escrito.
Pero no. Este escrito lo terminé
hoy, porque escribir es la única forma
de encontrarme conmigo mismo a las once de la noche y poder estar en paz. O eso
es lo que creemos ambos.
Ser rudo y aceptar la rudeza.
ResponderBorrarAsí es.
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