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| Créditos de la fotografía a quien corresponda. |
Cartagena de Indias, 11 de noviembre del 2000 y siempre.
Querida, heroica.
Espero te encuentres muy bien al recibir esta carta. Yo no sé cuándo me decidí, por fin, a escribirte esto. La verdad, la aurora de la niñez; el vértigo de la adolescencia y la inmensidad de la juventud, no había puesto atención a lo que significas en mi vida.
Yo no te voy a escribir desde las elites o desde las no necesidades de la gente pudiente de tus dimensiones; no lo haré. Lo hago desde todos los recónditos lugares a los que la felicidad se resume a tener un balón de fútbol; un muñeco de juguete al cual le falta un brazo; a una gotera que crece a chorros y moja todas las cosas de un pequeño hogar, cuando la aplastante lluvia te baña.
La mayoría te sueña, diario, diría yo, pero muchos otros también anhelan abandonarte, pues te conviertes en pesadilla muchas veces. Eres tan hermosa que, Adonis se arrodillaría ante ti, y tan amorosa que, Afrodita se refugiaría en ti. Hablo de hermosura vista desde La María, San Francisco, El Pozón, Olaya Herrera, El Nazareno, y todos esos barrios donde él hambre ya no nos duele tanto; donde vestir ropa nueva es un sueño que se cumple cada diciembre con la llegada del “Niño Dios”; donde estudiar se ha convertido en el mayor logro, pues la vida no ha sido justa y equitativa con las oportunidades de surgir. Te hablo desde tus fiestas, tu gente humilde, tus hijos que por donde van alrededor del mundo van contando la historia bonita que todos conocen, pero que también refieren las anécdotas que esconden tus murallas y monumentos.
Espero que hoy no solo te feliciten por 210 años de independencia, sino porque a pesar de toda la mierda que te han tirado, sigues oliendo a esperanza.
Sin más,
un hijo tuyo que se siente orgulloso de llevar tus historias tatuadas en su esencia; su acento golpeado: Un cartagenero.

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