Brillo, luz, no sé, pero recuerdo ir tras de ti en muchas noches; aparecías en mi frente,
y en un espabilo:
estabas lejos, a un metro, a dos, a un centímetro; fuera de mi vista. No sé cómo lo hacías, pero ese destello era incandescente, tenue; perfecto.
Nada más caótico que la oscuridad; la penumbra; lo incierto; la impaciencia del devenir;
pero tú, eres una luciérnaga que brinda esperanza frente a todo ese racimo de desbarajuste que soy; que somos nosotros los hombres.
Luciérnaga, porque no tenía otro sinónimo de tanta ternura y grandeza contenidas en un solo lugar. Y sí, luciérnaga porque aun sabiendo que son los machos en esta especie los que generan destellos, no veo otra cosa de mi infancia que me haga analogía a lo que eres; lo que son.
Los hombres, somos esos niños que íbamos detrás de ti para tenerte, porque tu luz inspira romance, comunicación, pero que luego de estar en nuestras manos: te quitábamos la cola y así morías, no por el daño físico, sino porque ya no volverías a brillar, y eso era más catastrófico.
Pido mil quinientas veces disculpas a todas las luciérnagas que en mi infancia dañé, solo por querer tener la luz en mis manos, pero que después se desvanecía.
A todas las luciérnagas que existen:
Feliz Día de la Mujer,
y no se olviden de brillar: hay muchos hombres que necesitamos de su luz.
No tenía más nada que brindarles, que este escrito hecho en una tarde de octubre, mientras recordaba cosas de mi infancia; ojalá sea suficiente.

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