Bitácora de un épico fracaso

 




Esta historia es para el libro hipotético que siempre digo que sacaré. Aunque quizá solo quede como un borrador de la carpeta “Cartas que nunca se envían” en mi computador, o en un escrito colgado en algún blog, y que casi nadie lea, pero creo que, en este día, se hace necesario escribir sobre alguna forma de victoria o quizá en uno de mis fracasos más épicos. No lo sé. Solo me queda ese recuerdo, porque al igual que “La Consentida”, nunca supe nada de ellas; ni sus nombres, por lo menos.

Aquel día, fue de los mejores en mi vida con respecto a la forma de como quise ser discípulo de Mario Luna, que debido a los constantes fracasos y desaciertos que tuve para con el cortejo, la seducción, y el ligue con mujeres, me había llevado a buscar herramientas para no seguir en ese penoso camino. Nunca me sentí tan poseedor de tanta confianza en mí mismo que, hasta el sol, y noche de hoy, esto merecía ser contado en estos días de este enero tan largo.

Fui invitado por un amigo a un evento de “Jóvenes protagonistas del cambio”, en el mítico Centro de Convenciones de la ciudad de Cartagena. El convide llegó por un link, en el cual debíamos inscribirnos, había una sección de “afiliados” y “no afiliados” al ente organizador del evento; y yo como no afiliado me tocó en el segundo grupo. Intenté inscribirme en el primer grupo, pero nada, no cumplía con los requisitos, y como todo en mi vida: algunas cosas llegan demasiado tarde; otras bajo pocas posibilidades de concretar, y la gran mayoría, no llegan nunca. Esta vez, me tocaría ser uno más del común.

Fue un miércoles (creo que casi todo me sucede en este mismo día de la semana), cuando llego después de haber tomado un taxi con todo el sacrificio del mundo, por eso de haberme levantado tarde y no tomar el bus de Olaya, y pagar los mismos mil pesos de siempre. Al descender del vehículo logro divisar a varios amigos, y al cuestionar sobre la forma de ingreso, estos me dicen que efectivamente hay dos puertas de entrada con sus dos respectivas filas: la primera para los “socios o VIP”, y la segunda para los mortales y vasallos como nosotros, los “no socios”. A mí, y a otros compañeros de la universidad, nos tocó en esta última puerta. Carlos Marrugo, y yo, nos quedamos a ver qué se podía hacer para evitar la larga cola de la segunda fila. Nos sentamos en la fuente que estaba justo en frente de ambas filas de acceso; analicé todo el protocolo que hacían los porteros para darle ingreso a cada participante. Me di cuenta que el vigilante de la segunda puerta, revisaba la escarapela que habíamos reclamado antes y corroboraba con el documento de identidad. Mientras que el señor de la puerta de socios, hacía casi lo mismo; pero noté que cuando llegaban grupos de varias personas, solo miraba las escarapelas buscando el distintivo merecedor de ser VIP o socio.

Pasaron algunos minutos cuando pude notar que el señor de la primera puerta hizo lo mismo varias veces, le dije a Carlos que el próximo grupo que llegara nos pegaríamos a ellos, y entraríamos por la zona de “los privilegiados”. Luego de decir esto, le sumé un parámetro más al análisis y fue que, el señor entre más formales eran los asistentes al presentarse en la puerta, menos atención colocaba a la identificación. Por suerte, Carlos vestía de camisa, jean, y zapatos de cuero, demostrando una formalidad descomunal. En cambio, yo, vestía de suéter, jean y zapatos deportivos; todo lo contrario, a mi socio de momento. También había notado que algunos iban sin escarapelas, cuando mencionaban el nombre de alguien, que mínimo, era organizador o socio mayor del evento. Me acerqué un tanto, y logré escuchar un nombre mágico, pero que para efectos de este escrito no recuerdo, y Carlos mucho menos, pues este escrito hasta este momento, ya ha pasado por su lectura previa. Le propuse el plan perfecto a mi amigo: usar esa información para entrar y evitar la fila general. Además de que sería yo, quien afrontaría toda la situación, a lo que este accedió, entendiendo que lo más malo que podía pasar era que nos mandaran a la fila larga que le daba casi la vuelta al mítico lugar.

El plan comenzó su ejecución cuando llegó un grupo de personas con una vestimenta de formalidad bastante marcada, entonces sentí que la oportunidad estaba dada. Nos acercamos a ellos; el portero comenzó a pedir escarapelas, algunos de ellos solo las levantaban y medio las mostraban, con lo que accedían fácilmente al recinto. La lógica no me había fallado: el hombre pensó que éramos todos del mismo grupo de “afiliados”. Yo podía sentir el miedo de Carlos, pero cuando estoy en frente del portero, este nos hace un pare, nos pide identificaciones, levantamos las nuestras y le dije el nombre de aquel sujeto mágico y sin inconvenientes accedimos al recinto; habíamos pasado el filtro y con esto, la victoria deseada. Yo caminaba con la seguridad de quien pertenece a esa especie; a esa élite. Subimos varios escalones, llegamos al salón del evento sin contar que había un último filtro en la puerta de este. Volteé a ver a Carlos, y vi su rostro de “Nos jodimos”, pero él no contaba con que yo había visto el nombre del primer sujeto en el carné. Al momento de entrar al salón nos colocaron unos obstáculos, pero dije: “El portero “Francisco”, ya validó la información por radio. Si quieres puedes llamarlo y verás”. Aquel hombre no quedó muy convencido de aquella argumentación, e intentó comunicarse con su compañero de la primera puerta, mientras que nosotros entrabamos sigilosamente y nos ubicábamos en unas sillas de la parte de adelante como buenos aprendices de emprendimiento, con esa sensación de victoria sobre el sistema. De repente, vemos al guardia del salón como buscándonos, pues de seguro había confirmado que éramos unos intrusos, pero para nuestra segunda victoria: no nos halló.

La sala continuó llenándose. A los pocos minutos comenzó el ciclo de charlas, y todos los presentes con la expectativa de aprender de emprendimiento, según. Seguían pasando conferencistas, y yo, como siempre suele suceder: me aburrí. Me puse a buscar vida dentro del celular; a maldecir el haber ido a tal evento y perder mi tiempo, entre algunas otras frases expresadas a Carlos, que él sí seguía con atención todo lo que se decía en la sala. Salía una que otra vez del teléfono para vivir la vida real; la de mis compañeros de sala. Carlos estaba a mi derecha y a dos puestos a su derecha, estaba una mujer que quizá estuvo pendiente a alguna que otra expresión dicha por mí anteriormente, y que cuando miré hacia ella, me estaba mirando. Como todas las mujeres que suelo conocer en mi paupérrima existencia: era hermosa, y no me voy a detener a dar detalles porque quizá después de este escrito, salgas a buscarla y no sería conveniente para ti, porque para mí, está inmortalizada en estas palabras. Luego, dije alguna otra expresión: ella rio. Pude disimuladamente notarlo, y fue ahí donde mi espíritu de aprendiz de Mario Luna, necesitaba crear la oportunidad de interacción con ella, pero en verdad no tenía ni pizca de idea de qué hacer. Mientras tanto, yo seguía escuchando por inercia toda la palabrería de los conferencistas.

Pasó algo más de media hora, cuando caí en cuenta que en mi mano tenía una cajita de memos y un lapicero que nos habían dado en la entrada del evento. Pensé “tanto tiempo y ahora es que te das cuenta de estas herramientas”. En un primer memo escribí “Hola”, y se lo di a Carlos para que se lo pasara a aquella mujer. Este me dice que no lo va a hacer porque le da pena; al final lo convencí de hacerlo, pues su tarea esa solo entregarlo. Pasó un rato y no hubo retorno del saludo, y con esto, un mini fracaso más. Un “Hola, ¿qué tal?” de respuesta, escrito en el mismo papel que yo había enviado, me dio la sensación de una gran victoria, aunque solo haya sido un retorno de un simple papel; creo que puedes entender lo que te digo, seas hombre o mujer. Tomé una bocanada de aire y le pregunté:

¿Estás tan aburrida de la conferencia como yo, que te dieron ganas de responderme esto?

Su respuesta esta vez fue casi inmediata, con una afirmación a mi pregunta. Carlos, solo sonreía para sus adentros y seguía siendo el mensajero del instante. Seguíamos en el vaivén de memos, simulando un Windows Live Messenger. Le pregunté dónde vivía; qué estudiaba y dónde; su nombre; que de por cierto no creí que el que me había dicho era su nombre de pila, pero que para el momento estaba bien, pues al final obtendría sus redes sociales, y su número de teléfono. La red social de memos se interrumpe cuando dicen que podían pasar a tomar los refrigerios con los fichos que estaban en las escarapelas; como nosotros no teníamos las oficiales: no nos dieron. Después de aquel intervalo de tiempo, volví a sentarme en el mismo lugar, y por suerte, ella también había recuperado su puesto. Mi incertidumbre había sido que ella hiciera como muchos otros asistentes: irse o cambiarse de puesto, y no seguir con el filtreo.

El tiempo iba volando. No hallaba la forma de prolongar el correr de los segundos para seguir en el asunto de conocer, quizá por fin, a una gran mujer; las casualidades han dado victorias y felicidades a lo largo de la historia, y pues yo, podría ser beneficiado esta vez. El intercambio de memos se hizo muy dinámico, y la profundidad de lo que se hablaba era de admirar. Nada en mi plan había fallado hasta ese momento; nada podía salir mal. Le pido su número de teléfono, y ella me responde que al final del evento, en el último memo, me daría su número de contacto. Seguimos conversando y al finalizar las conferencias, abrieron al público una mini sesión de preguntas. La gente cuestionó algunas cosas y se extendió un poco el tiempo para poder obtener los datos que necesitaba de ella. Finalmente, el evento lo dieron por cerrado y el agradecimiento de los conferencistas por haber asistido no se hizo esperar, y con esta acción, envié mi último memo:

Acabó todo. Mucho gusto, Luis. Espero que sí me digas tu nombre real, redes sociales, y tu teléfono.”

 Recibo el memo de vuelta:

Eres muy recursivo. La verdad, nunca había experimentado esta forma de un hombre abordarme. Me gustó mucho hablar contigo. Me llamo... no. Mejor no. Te lo digo después. No tengo redes sociales; me parecen patéticas. Mi teléfono, te lo doy en el próximo evento que nos veamos, ¿vendrás la siguiente vez?

Logro evocar el sinsabor de la derrota y de la gloria de aquel momento. Su mirada se fue alejando, hasta que se escurrió entre la multitud; no tuve afán de perseguirle. Guardé los memos en el bolsillo. Salimos del recinto y nos dirigimos a comer algo cerca, pues habíamos pasado todo el evento en hambruna. Carlos, también tenía la misma sensación, aunque me daba moral diciendo que yo la volvería a ver algún día; que, además, no había visto nada parecido a lo que acababa de presenciar y que no todo fue en vano.

Llegué a casa y dejé los memos en un mar de desorden, el cual era mi cuarto. No recuerdo a dónde fueron a parar, y mucho menos el supuesto nombre dado como inicial para así buscar algún dato más sobre ella, y con esto: haber presenciado un sueño o una ilusión en mi realidad.

 

Y bueno, aquí estoy dándote este capítulo de mi libro:

 

“Diario de un seductor fracasado”

 

El cual no sé si logre publicar algún día, ni si ese será el título final del libro.

 


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