Alcancía







Deposita todos los días en la alcancía:
emociones;
sueños;
metas;
viajes;
buena vibra. 

Poco a poco, y con esmero,
introduce esa moneda de las ganas,
del “sí puedo”,
del “no me rendiré jamás”,
del “todo siempre puede ser mejor”.

Deposita con paciencia y sin perder de vista la ranura de la alcancía:
el billete de la paciencia;
del amor;
de la comprensión;
de la perseverancia;
de la pura vida.

Al regresar de la calle:
saca de la cartera o de los bolsillos,
esa cuota que te pusiste como meta para depositar en ese recipiente,
esa cuota de orgullo;
de dignidad;
de ética;
de pasión por lo que se hace.

Coloca esa alcancía en un lugar seguro.
Cuídala; 
Ámala; 
Adórala, porque lleva adentro tantas cosas,
que se hace un tesoro invaluable.

Espera el día exacto para poder abrirla;
usarla;
comprar aquella cosa que jamás se pensó o que siempre se quiso, 
pero recuerda,
llénala lo más rápido que puedas en este mundo tan cambiante,
si no,
llénala a tu ritmo lo más convencido posible de que valdrá la pena día a día depositar algo en ella,
porque esa alcancía:

es uno mismo.

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