Este no es el aeropuerto en que Ismael Serrano, despide a esa mujer que ama, esperando que no olvide el camino de regreso, mientras pasan muchas personas a su lado con maletas y adioses. Aquí, pasan minutos, rostros, niños gritando, amantes agarrados de las manos, viejos amigos compartiendo; todo un caos maravilloso de este momento social.
Él, luce chaqueta negra, jeans, zapatos cafés y lentes transparentes medicados. Ella, una chaqueta marrón, jean rasgado y zapatos blancos. Además, un morral el cual abraza. Este último, es lo único que veo, que no sufre. Ellos, discuten sobre algo. Hay más de cien mesas en esta zona de comidas, todas llenas, pero en esa, la desdicha toma parte, la tristeza invade sus rostros y la comida que habían pedido, se enfría con el pasar del tiempo, mientras ninguno de los dos, prueba bocado.
El adiós se hace evidente. Él, se intenta parar y ella le toma la mano, le muestra la comida, como haciéndole saber, que ese fue el plan y se está echando a perder. Ambos se desdibujan. Siguen sucediendo cosas que se nota, acabarán tan mal, como ninguno de los dos imaginó.
De repente, ella, se da cuenta que está en lo más denigrante de su dignidad, se pone de pie, el morral que abrazaba, ahora se ubica en su espalda, se limpia algo como unas lagrimas y decide marchar.
Yo, sigo comiendo esta hamburguesa con papas y gaseosa, mientras levanto la cabeza y miro aquel joven, con cara de haberlo perdido todo, intentando comer algo de lo que, creo, cayó en cuenta, debió ser el plan durante toda la noche.
¡Que tarde caíste en la cuenta, hijo! ¡Que tarde!
Mañana, deberá buscar la manera de arreglarlo todo, o, comprender que su relación acabó en este lugar, que no dejó dar una bonita despedida.
Comentarios
Publicar un comentario