Una carta que nunca envié




Hola, no sé si logres leer esta carta en un futuro, pero ojalá aún nos hablemos, aún compartamos siquiera saludos. Desde que te vi toda mi locura se convirtió en cordura y me hizo cambiar muchas cosas con la esperanza de que te fijaras en mí. Me he ido convirtiendo en eso que te agrada, pero que no vas a querer jamás como otra cosa que tu amigo. Nuestras conversaciones son tan amenas, que siento te expresas de una forma única y sin medir; eres libre cuando me dispongo a escucharte.

En realidad, eres una gran persona y me gastaría toda esta hoja describiéndote, detallando tus cualidades; eres perfecta, aunque siempre digas que no. Yo, en cambio, soy tan tonto, que no sé como decirte que me robas todos pensamientos bonitos, suposiciones absurdas y hasta planes que no se cumplirán, ni que la vida se dé la vuelta hasta el inicio de volver a verte con el cabello despeinado, sonriendo, con aquel morral que parecía no tener sino algo como unas llaves y alguna cosa para maquillarte, que sé yo, pero era algo pequeño como para cargar algún libro o varios cuadernos.

Siempre, anhelo ese día de la semana en el que coincidimos y puedo verte. No sabes cuantas cosas pienso después de ese saludo de besos en la mejilla y un abrazo profundo, muy sincero. No quiero sentarme cerca de ti, porque eres el centro de atención y me molestan todas esas miradas que son tuyas, pero que me incomodan y me hacen sentir un intruso en el paisaje. No sé que hacer para que tú vida mire hacia la mía. No tengo la mínima puta idea de que hacer para que puedas ser eso que quiero. Por ahora, solo me queda esperar cada jueves, al comienzo de la vespertina, para llegar primero que tú, hacerme el que no le importa tanto que llegues, cuando por dentro rezo para que no faltes este día, pues no han sido buenos los días siguientes para mí, a una ausencia tuya tan larga como en ocasiones pasadas.

Quizá nunca te envíe esta carta, porque sería un ridículo, sería un absurdo y tú solo te reirás o me dirás que es otra mamadera de gallo mía, como siempre sueles pensar. Y esto lo escribo hoy, después de que, en este jueves, no vinieras, no llegaras a la cita que te coloqué y que ni sabias. Pero quiero que sepas, que te quiero mucho.


Atentamente,


Luis














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