No tengo un abogado que pueda ayudarme a resolver esta querella. Has pasado media vida desde que nos conocimos, diciendo que tu vida cambió, y no sabes si para bien o para mal, pero me echas toda una culpa, que siento, no fue mía.
Si quieres culpar a alguien de todo: culpa a la lluvia. Sí, cúlpala por ese día, esa tarde, y porque justo en ese semáforo, le dio la gana de presentarse de manera torrencial. Yo, sin paraguas; tú, con uno grande, decidiste ayudar a protegerme de ella. En realidad, ya me había mojado lo suficiente como para intentar no empaparme más, pero siempre ese instinto protector que llevan dentro todas las buenas mujeres, salió a flote.
Caminamos durante unos minutos hasta encontrar un resguardo en una carpa, y fue el comienzo de lo que llamas: cambio en tu vida. Fue por la lluvia; no fui yo. O pensándolo bien, sí fue mi culpa, por aceptar que me cubrieras, y anduviéramos bajo el mismo abrigo, cuando nada podía ir mal, o sinceramente, cuando todo estaba tan tranquilo en mi vida durante ese trayecto de camino.
En realidad, soy yo, quien debe buscar un licenciado en derecho, para que eleve esta querella a donde sea necesario, pues yo no soy el mismo sin corazón, desde que te conocí, y eso sí debe ser un reclamo, porque al momento de despedirnos aquella vez, en el paradero del bus, me dejaste un hasta luego y “aquí tienes mi numero de teléfono, por si algún otro día estas atascado en la lluvia y debo venir a rescatarte…”
Si no fue culpa mía, ni tuya, ¿entonces de quién?

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