Se me pasó el bus...

La tarde, fría, va yaciendo para darle paso a la oscura noche. Saliendo del comedor universitario con rumbo a mi hogar, me asalta la duda con la cual me desperté: 


- ¿Será que se acabó ese destello de felicidad? 


Sigo caminando desde la puerta principal de la gloriosa Escola Paulista de Medicina, hasta el paradero donde esperaré dos rutas de buses que me llevarán a casa, el 476A/10 y el Sacomá 5103/10. De pronto, de pies, en el paradero, esperando el bus, pasa una mujer vestida de negro, con un morral, muy bonita. Su cabello negro y ojos muy claros distinguían dentro del paisaje. Todo era muy bello en ese preciso instante; todo encajaba de manera perfecta con lo que componía ese instante en tiempo y espacio. Mientras tanto yo, aún, pensando sobre la pregunta con la cual mi consciente no se ha puesto de acuerdo con mi subconsciente. Creo que llevan todo el día en esa batalla absurda. 

- ¿No sé qué pasó, todo fue tan corto, todo fue tan fugaz? 

Le escuché su voz hace 48 horas, no sé qué es de su vida, no sé si sólo puede ser hacerme feliz en los momentos de sobra de su tiempo o tal vez solamente fue un capricho de tres días. A lo mejor, la tristeza temporal en la que estaba sumida, y, yo, me convertí en su héroe esporádico, ya había pasado; ya había acabado. Suele pasarme a menudo. Suelo ser el objeto de reemplazo temporal ante las desdichas o despechos para una mujer. En todo ese lapsus de inconsciencia, no me percaté de que el bus 5103/10 estaba en frente de mí, pero ya con las puertas cerradas. Estuvo todo el tiempo en mis narices, pero mi despiste era tan grande que no me di cuenta que había perdido el bus para ir a casa. 

Después de pasados los 15 minutos para que el otro cacharro pasara, por fin, pude montarme en el instrumento más rápido para llegar al lugar de descanso. 

Aquí voy en él, escribiendo esto, que no se si tendrá eco en lo eterno, pero me hace sentir bien. 

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