La luna más hermosa, la vi de día

Todos, algún día, hemos mirado en una noche hacia la luna contemplando su brillo, su color, su tamaño; su inmensidad. La hemos detallado tanto, que imaginamos que desde allí alguien nos mira. Nos preguntamos sobre qué cosas habrá en ella, incluso, le hemos buscado figuras a sus grietas y tonalidades de sus blancos y grises, para relacionarlas con objetos que nos acompañan en el cotidiano.

Ella, ha sido testigo de muchas cosas en esta existencia, desde felicidades y triunfos; hasta tristezas y derrotas. Ella, dentro de toda su magnitud explícita, casi nunca tiene esa explicación que tanto alguien le pide con lágrimas en los ojos y mirándola fijamente. Tampoco pudo descender desde lo más alto, aquella vez, para abrazar y festejar esa alegría que tanto alguien agradeció con la cabeza inclinada hacía el infinito cielo y que con lo único que se encontró fue con ella.

Ella, fue quien nos motivó en la infancia a correr más rápido para intentar perderle de vista o llegar primero que ella a casa; nunca pudimos. Siempre estaba allí arriba cuando con recelo mirábamos si habíamos cumplido lo propuesto. Siempre ha sido la referencia para mi abuelo, de si puede llover o no. Para mí, en una época, según su ubicación, fue el indicador de tiempo para volver a casa, ante el permiso "Hasta las 9" que me había otorgado mi mamá. La luna siempre tan bonita, cualquiera que sea la situación que acompaña.

Aunque viéndolo bien, la luna más hermosa y monumental, la vi de día, a eso de las dos de la tarde, descendiendo de un taxi, con cabello negro, sonriendo, con la mirada buscando dentro de todo el espacio que nos rodeaba, una razón para asimilar que era lo mejor de mi vida en ese momento, aunque ella sabía que no tenía que haber bajado del imponente cielo, para estar a mi lado
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