Creo que te tenía olvidado, mi querido amigo lector. Pero perdóname, las cosas de la vida siempre interfieren en los planes que tenemos. Algunas lo hacen de buena forma, otras no tanto como deseamos. Ojalá que tu vida esté óptima. Ojalá que estés siendo feliz y no seas como la protagonista de la historia que pronto te contaré. Nunca desperdicies la felicidad de manera tan inconsciente, solo porque el brillo que una persona te demuestra es demasiado incandescente. Sara, ese es su nombre. Un nombre que lleva consigo cualidades, virtudes y defectos. Un nombre que si haces el inventario de las mujeres que conoces, te darás cuenta que son grandes mujeres. Buenas mujeres. Damas de admirar.
Bueno, a Sara, la conocí hace mucho tiempo. En un tiempo que éramos más jóvenes. Que divisamos la vida con ojos como de que nunca fuésemos a envejecer. Donde la frescura de la vida, no ve en el horizonte más cercano, el marchitarse, el saber que hay cosas en la vida que son para siempre y tendrán su eco en la eternidad. Yo sé que tú, al igual que yo, y, al igual que Sara, hemos tomados decisiones no tan agradables. Pero, dime, ¿cambiarías felicidad por tristeza? ¿Dicha por desdicha? ¿Amor por desamor?... ya puedo imaginar tu cara y tus respuestas al responder estas preguntas. Puedo sentirlo desde esta conexión infinita. No quiero que sientas como si estuviese contando tu historia, no te preocupes, a lo mejor todos tenemos algo de parecido que contar y, bueno, si esta es tu historia, y logras recordarte antes de lo que hoy te ves en estas líneas, por dentro, sigues siendo una gran mujer. Una gran persona.
Era un viernes de septiembre, el sol ya estaba en fase de ocultarse, y el ruido inmenso del vaivén de las personas, tratando de organizarse para aguardar en la parada de buses, a la ruta que conduciría al destino de cada uno de los que allí estábamos. Recuerdo, que, a mi lado derecho, estaba un joven de más o menos quince años, con un morral, un uniforme de colegio y en una de sus manos, una botella de agua. También rescato la situación en que pasó una muchacha hermosa, de lentes, cabello ondulado castaño, estatura media, en tacones, vestía de negro, su chaqueta y pantalón eran negros, en tanto la camisa que usaba bajo ese abrigo era blanca, también logro evocar que llevaba en su mano derecha un maletín de cuero y en la izquierda su teléfono móvil. Ella, tuvo que escuchar algunos de esos piropos y expresiones vulgares, que no halagan a una mujer, sino que la terminan insultando. Sucede cuando alguien genera tanto impacto en un ambiente y los que allí se encuentran, no logran controlarse. Durante el tiempo de espera de mi ruta, pasaron muchas cosas que, si te cuento, podrías quedarte dormido a la primera, y esa, no es la idea.
Mi ruta llegó al paradero, subí y logré ubicar un asiento. Ya sentado, con la mirada por la ventanilla hacia la carretera, buscando algún asunto con el cual lanzarme un comentario, criticar algún motorista que se pasara el semáforo en rojo, o un automóvil que no parara ante una cebra, escuché alguien que me dijo en una voz tímida y angelical. Una voz como cuando alguien lleva practicando ese saludo por años…
- Hola, ¿cómo estás? Tanto tiempo
- ¡Mujer! – respondí asombrado.
- ¿Qué tal has ido por la vida? – me preguntó.
- imagino que bien. Creo. – le respondí una vez más.
- Años sin verte. Te sigues viendo igual. – creo que mintió.
Era Sara.
Y, con esas simples preguntas, comenzó lo que sería una de las conversaciones amenas e interesantes que había tenido en ratos, para aquella época. Seguimos intercambiando palabras y demás. La conversación luego de un momento, tomó un rumbo que era un tanto conocido y desconocido a la vez para mí. Sentí que dicha conversación, conllevaba a una historia que poseía una tragedia oculta, con resultado en el infinito.
"Siempre hay algo infinitamente despreciable en las tragedias de los demás", dijo Oscar Wilde, pero esta tragedia no podía serme ajena. No podía ser como tantas que ocurren en el mundo y a mí no me interesan. Esta me marcaba porque pude ver angustia, desesperación y frustración en su rostro. Por mucho que ella lo quisiera ocultar, era evidente para los que algún día hemos sabido lo que es tomar malas decisiones, y más, con respecto a la elección de un compañero de vida, de una pareja; de un “amor para siempre”. Me dijo que estaba soltera por más de 6 agostos, por más de 6 primaveras. Que incluso, sabia cuántos años, meses y días, de no tener a alguien con ella. Créeme mi amigo lector, cuando una persona lleva un conteo exacto de tiempo sobre algún evento, este no fue el mejor. Este tuvo tanta injerencia que marcó un antes y un después. Sé que acabas de pensar que también guardamos fechas de asuntos importantes, sí, así es, pero solo cuando el suceso denota un logro muy esperado y programado. Nada marca más, que un evento doloroso. Nada.
En fin… comencé a cuestionarle y a intentar llegar al fondo de su tragedia y supe que, tuvo en sus manos a un hombre que su equipaje personal, tenía muchos sueños, muchas virtudes, cualidades enormes y sus defectos no superaban ni de poco, a la peor de las cualidades. Sí, eso que piensas es. Era el tipo diferente, el buen hombre que todas las mujeres algún día quieren y esperan. Ese hombre que no se cansará jamás de hacerla feliz y de arreglar los días caóticos, de brindarles detalles y sentir ese orgullo de tener a la mejor mujer del mundo a su lado. Fue el tipo que demoró más de dos octubres intentando conquistarle. Intentando demostrarle que valdría la pena un futuro juntos. Mientras tanto ella, solo era incrédula a tanta bondad, a tanta utopía. Las mujeres están acostumbradas a tanta oscuridad emocional, que cuando llega la luz, creen que es un pensamiento irracional que encandila sus ojos. Sara, no era la excepción. Aquel hombre, según pude escuchar de sus labios, buscó una y mil formas de demostrarle que sus intenciones eran leales; eran verdaderamente buenas. Ella, nunca le dio la llave de entrada a aquel paraíso que ella era, solo porque no lograba entender como podía existir un hombre de esa estirpe.
Puedo recordar claramente que me dijo “cierto día llegó a mi casa…”
Cierto día llegó a mi casa con unos chocolates, un afiche y varias cosas más, yo creo que era un oso, un peluche, no logro recordar muy bien, pues me tomó por sorpresa. Me llamó al teléfono y me pidió que saliera de mi casa; estaba en la puerta con eso que te acabo de decir. Yo no sabía qué hacer, en serio, no sabía qué decir, ni cómo comportarme, solo le dije: “vete, vete, en serio. No quiero que estés aquí.” Yo no sé porque dije eso, pero fue lo único que me salió de la boca. Lo peor de todo, ese tipo de acciones era lo que siempre habría querido, lo que siempre había soñado que hiciera un hombre y ahora que alguien lo había hecho; no supe que hacer. Te digo, por si me lo vas a preguntar, él sí me gustaba mucho, demasiado como para ser su novia, pero mi miedo a que todo fuese fingido, irreal y hasta maldadoso, no fui su novia. Nunca lo fui.
Yo tampoco supe que hacer en el momento que ella me contaba eso, yo tampoco hubiese sabido que hacer con tanto y exactamente lo que esperaba en un instante de mi vida. Yo notaba como el dolor y la angustia tomaba su expresión facial. Era como si se auto-castigara por ese suceso, por ese momento. Siguió hablando, y cada vez que pronunciaba alguna palabra que recordaba algo sobre aquella época, parecía que el alma le dolía mucho más. Esta historia no es ajena a ti, seas hombre o mujer, porque quizás tu eres ese grandioso hombre o lastimosamente eres Sara.
Los grandes hombres no son buenos, ni grandes a toda hora. Siempre existe ese momento en el que te cansas de ofrecer tanto y recibir tan poco o casi nada. Por muy masoquista que seamos, siempre llega ese límite de soportar ser denigrado y ser tirado a un lado. Y ese hombre, quizás se cansaría. Ella continuó contándome pequeñas cosas y yo aún no lograba entender cuál era la razón real de su sufrimiento, de su desdicha; de su dolor. Yo creo que me conoces y sabes que yo no me guardo nada. Sabes, que yo le iba a hacer la pregunta directa y que me llevara a un punto concreto. Además, ya casi me tocaba descender del bus y por lo visto, la casualidad de volvernos a encontrar en aquel momento, era muy baja o en su defecto, me tocaba proponer un encuentro, cosa que no quería. No me interesaba después de ese momento saber algo más. De repente saltó de su boca “Soy una idiota. No sé en qué pensaba en aquel momento…”
Soy una idiota. No sé en qué pensaba en aquel momento. él seguía con la insistencia, pero yo no podía decirle que sí, y, tampoco lo dejaba ir de mi vida. Era feliz e infeliz al mismo tiempo. Yo sabía que debía darle la oportunidad, pero algo en mi interior me decía y obligaba a que no. Un día, así cualquiera, lo invité a vernos y hablar. No sabiendo él, que sería la última vez que lo haríamos. Solo le dije que merecía alguien mejor, alguien que no tuviera miedos, que sí fuese a darle valor a lo que él hacía y sentía. Que yo, ante tanta luz, que era él, había preferido la oscuridad, que era mi soledad, por tiempo indefinido. Te digo, en realidad nunca supe cómo me armé de valor para decirle que se fuera, cuando yo sentía que estaba algo enamorada de él, me gustaba, pero yo no creía que ese hombre fuese real y estaba a solo un paso de mi vida. Hoy, estoy en la oscuridad, desde aquel día hasta este presente inconcluso, han llegado muchos hombres a mi puerta, pero ninguno con tanto amor y buenas intenciones como aquel. Hoy todos solo quieren sexo, salir para el rato, no comprometerse, no querer, no amar. Siento tiré la mayor oportunidad de mi vida para ser feliz, por incrédula. Por creer en el viejo cuento de que todos los hombres están cortados por la misma tijera. Que todos son malos. Que todos juegan con las mujeres. Y, créeme, hoy te puedo decir que no todos los hombres son malos. Los buenos hombres existen y mujeres cobardes como yo, no los aceptan. No creo que llegue alguien como él, alguien que me vaya a querer de verdad. Hoy vivo en oscuridad y no creo que salga de allí. Me siento bien así. No arriesgo nada. No perderé nada. Creo.
Yo en aquel momento sentí que no debía preguntar nada más. No comentar lo más mínimo. Hacerlo, era abrir una herida profunda, abrir un hueco en un lugar que se llenaría solo de vacío, de dolor y el llanto sería inevitable. No tuve más palabras que decir. Recuerdo que de mi boca salió algo como que “Todo estará bien. La vida siempre da revanchas.” Yo, seguí mirando por la ventana y el silencio de apoderó de los últimos cinco minutos de trayecto. En realidad, no sé si fue buena idea esculcar tanto, llegar a tan profundo en un asunto que no sabía cómo terminaría. Antes de bajarme del bus, me sentí estúpido. Aunque de cierta manera la comprendía en este pequeño instante. Yo también tuve una oportunidad así y la eché a perder a primera intención.
Paremos aquí, esta tarde de lunes está bastante complicada. Quiere llover y debo apresurar para acabar mis tareas y poder contarte esto. Te saqué el rato, porque sabía que estabas esperando que te volviera a contar algo. Que te enseñara desde las vivencias de otros, cosas que son básicas en el andar de todo ser humano. Ojalá y Sara sea un ejemplo a seguir, ojalá que no. Ojalá que su historia nos sirva de ejemplo. Ahora, si tú eres ese gran tipo, no te preocupes, siempre habrá alguien esperándote o caminando hacia tu dirección. Y si tú eres Sara, ojalá tomes una decisión que te haga feliz. En realidad, no sé, si la decisión que tomó la mujer de nuestra historia haya sido la correcta.
Sara vive enamorada de la oscuridad, vive allí, donde nadie la puede molestar, donde el fracaso del amor, no es visible al mundo.
Nos vemos y cuídate de la noche, pero sal de la oscuridad.
Magnífico.
ResponderBorrarGracias. Un abrazo.
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