Enero tiene sus amantes, sus detractores, los que lo toman como inicio de una nueva vida, como la motivación para realizar lo que quedó pendiente en un año anterior, en un mes anterior, en unas ganas anteriores. Este, para mí, ha sido un enero de igual razones, beber, escuchar música, leer, escribir y pensar en volver a retomar actividades académicas; nada asombroso. Ismael serrano dice en la canción Nieve, “Aquel día fue el más frio, del enero más amargo, quizás el invierno más largo que el amor ha conocido…”, aunque mi ciudad es ruidosa y calurosa, es el mismo enero largo de siempre. El martes tiene fama de ser aburrido. Es uno de los hermanos mayores del lunes, y, por lo tanto, carga con esas secuelas de pereza, cansancio y descontentos. Y menciono el martes, porque en uno de ellos, me levanté, nada optimista, ebrio(pues me había pasado el lunes anterior tomando), buscando en el piso del cuarto alguna justificación a mis ganas de beber con las que había despertado, recordé que una vieja amiga cumplía años, tomé mi teléfono y le escribí de la manera más sencilla, “feliz cumpleaños”, fue lo más sincero y practico que pude decir. Luego de ello, encendí el computador, coloqué algo de música, mientras medio tomaba un baño y emprendía la salida a la calle. Fui a saludar a mis antiguos compañeros de trabajo, pues, tenía ratos sin verme con ellos y no podía pasar como ingrato o desagradecido en mi pequeña estadía en mi ciudad. Después, en la penumbra de la vespertina, ir a felicitar en persona a mi amiga y listo, un buen día en general. Mi martes, era un martes planeado, un martes normal.
Hice todo lo acordado conmigo mismo, hasta llegar la noche. Compré algo de licor y cervezas para poder brindar con ella por su cumpleaños. Llegar a casa de mi amiga fue encontrarme con muchas personas, que según su información antes de llegar allá, imaginé que eran pocas, en realidad imaginé unas ocho o diez, como máximo. Pero había como unas veinte. Justo el doble de lo que había imaginado. El protocolo del saludo y las felicitaciones no se hizo esperar. Acabado todo este proceso que en realidad no gusto, procedí a saludar a una conocida en el ambiente, aquí pensé, - ella es mi salvación ante esta selva de desconocidos. No recordaba su nombre, pero hice lo posible para que me reconociera, pensé que no lo haría. Nos saludamos, yo apelé a mi nula capacidad de improvisación y pude comenzar una conversación con ella, aun cuando estaba a su lado una mujer que yo no conocía. De repente, esa mujer de su lado izquierdo, de ojos negros, cabello largo negro, con lentes, blusa roja y short negro, irrumpió en la conversación como la espada de Damocles, para cortar el momento, la noche, y quizás, mi vida reciente, en dos. No supe que cosa seguía a la expresión que había aportado a la conversación, se había quebrado el recipiente que contenía toda mi seguridad; me sentí intimidado por una mujer, algo que hacía tiempo no me ocurría.
La noche siguió entre una aleatoriedad de temas de conversación entre mi conocida, ella y yo. Podía mirarla, escucharla toda la noche sin aburrirme. La cumplimentada estaba en un vaivén de grupos pequeños de personas, como buena anfitriona, debía no olvidar a todos sus invitados. La música en un tono medio, las conversas, risas y fotos, decoraban una noche que, para mí, había sido algo inesperada, tanto, que me tenia en un limbo emocional, que no me quedaba nada mas que asentir con la cabeza o dar una opinión pequeña sobre cualquier cosa. Me era imposible encontrarme conmigo mismo. Era como si me mirara al espejo y viera un tipo que no soy yo, sino, una persona que vivió en mí, en tiempo pasado y que de repente había llegado a decirme que no somos ni seremos los de antes, pero que hay cosas que no se pueden olvidar y era, que hay personas que valen la pena, que toca detenernos a disfrutar de su esencia; y supe en ese momento que había llegado la hora de hacer ese pare. Ese momento de parar la carrera del desenfreno por los placeres sencillos, como lo dijo alguna vez Lord Henry en la novela “El Retrato de Dorian Gray”.
La noche caminaba demasiado rápido, sacaba mi teléfono celular para mirar la hora y veía que todo iba a millón, parecía que los minutos contaran de dos en dos, o que alguien con su afán de acabar la noche, adelantara las manecillas del reloj de la vida, para que ese instante de gusto para mí, acabara. Al lugar seguían llegando personas y yo llegué a decirme; - Que suerte has tenido de encontrar conocidos aquí. Brindaban cosas para comer, y que rico sabían. El trago de licor que repartían era más exquisito que todo el que me había tomado en el transcurso del día; tenía todo aumentado, incluso, hasta las emociones y las dudas sobre si después de esa noche, podía volver a ver a esa gran mujer. Mientras, yo intentaba escucharla demasiado, verle lo que pudiera y que no se convirtiera en un acoso, o en un fastidio para ella; no quería eso. Verla emocionada hablar de su trabajo, de sus pequeñas cosas, me generaba una admiración exponencial. Creo que mi locura entró en cordura, que toda esa tormenta de incertidumbre terminó en una calma, como la que refleja un arcoíris. Tocó reinventarme en ese momento.
“El vínculo”, ese del que tanto se habla en mi película favorita Avatar, fue el culpable de que todo se convirtiera en una conversación sin parar, sin pausas y sin temas muertos. Sabes, cuando sientes que algo está bien y va bien, pero que no sabes hacia donde, así me sentía. Quisiera poder describir todo lo que pensé en ese momento, pero no puedo, no logro encontrar las palabras correctas, que al unirse hagan de ellas esa nube de cosas que pensaba y sentía en ese instante. Ese vínculo fue tan certero, o tan fuerte, que se nos olvidó la formalidad, la decencia, la educación, pues, no nos presentamos en toda la noche, no nos dijimos nuestros nombres, cuando me iba a dirigir a ella solo le decía “mujer”, yo no recuerdo como ella se dirigía a mí, creo que solo su mirada captaba mi atención y así no hubo necesidad de que me pidiera verle. Aunque pensándolo bien, no hubo falta que nos presentáramos. Eso hubiese arruinado la incertidumbre de hablar con desconocidos.
Después de tanto, había llegado la hora de partir, había llegado el momento de dejar a medias o para siempre, una buena conversación. Pensé, - tanto en una sola noche. ¿De esa manera me demuestras que no tengo control sobre las cosas que quiero?, le pregunté a la vida. Tanto tiempo esperando, buscando, anhelando una gran mujer para mi vida y ahora que tenía la sensación de que esta lo era, supe que no la volvería a ver jamás. En algún lugar del mundo se estaría fraguando un buen momento con una mujer, pero tuve la seguridad que no sería con ella; que lastima. Me levanté a despedirme de mi amiga y volver a desearle lo mejor en este día ya acabado y en todos lo que pudieran venir. Nos tomamos la foto para el recuerdo y el eco de la eternidad. Tomé mis cosas físicas que había llevado conmigo en ese momento y también tomé del suelo, mis ganas, mis pensamientos, mis boberías y todo lo que había derrochado en ese instante por aquella dama, descendí del segundo piso hacía mi punto de partida. Todo ocurrió muy lento. Ella, también se marchaba en ese preciso instante, la vi hacerse pequeña en la calle mientras se iba, caminando tan lento como podía, o como su tranquilidad le sugería. No volteó para atrás, no se dio cuenta que yo la miraba muy fijo con la cara de; ¡hasta siempre!
Al llegar a mi casa, tiré todo lo que llevaba puesto y volví a mi realidad, jugar en el computador, leer algunas cosas, revisar noticias y prepararme a dormir. Antes de llegar al estado de inconciencia del sueño pensé y recordé la historia de una canción de Ismael Serrano, preguntándome:
- ¿Será que soy feliz?
- ¿Será que puedo ser más feliz con una mujer como ella?
No tuve respuestas en el momento. Aún no las tengo. Pero estoy completamente seguro que fue una de mis mejores noches en mi vida reciente.
Querido lector, ahí te sigo contando si algo nuevo sucede. Ojalá que sí.
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