Siempre quise escribir sobre ti

- ¿Qué piensa una mujer como tú? – me pregunté.

Son años viéndote y en realidad no sé qué piensas, qué añoras, qué adoras, qué odias, qué has vivido, qué has sufrido, qué has llorado, qué te hace feliz, qué te causa satisfacción a plenitud, qué tienes de esencia, qué cosas te hacen tan interesante, atractiva y acompañan todo ese físico tan llamativo; para hacerte tan completa.

Conocerte fue un asunto de casualidad, quizás por ese acomodo de la vida y sus energías para poner a una persona en frente de alguien o de una determinada situación. No quiero que te apresures a saber quién soy, es lo de menos, solo colócale atención a todo lo que pienso y “siento” por una mujer que, siendo sincero, es extremadamente admirable. 

En mi vida hay momentos de felicidad, de alegría, de admiración, de elogio a lo perfecto, o casi perfecto, momentos de no tanta gratitud, o momentos que no llevan a un resultado positivo en mi día a día, pero siempre con la convicción y la certeza de encontrar en cada cosa que hago, una razón por la cual conducirme por el camino correcto, por el mejor rumbo. Cada cosa que me sucede tiene su finalidad, pero en realidad no sé qué finalidad fue toparme contigo. Te vi un martes, no recuerdo la fecha, soy pésimo con eso, pero recuerdo que tenías un short y una blusa blanca, tu cabello recogido, una sonrisa detalladamente hermosa, un reloj, creo, o una pulsera, no logro recordar tan ciertamente tus accesorios, no sé si llevabas zapatos, sandalias, o simplemente estabas a pies descalzos, pero de lo que si me acuerdo muy bien es de tu sencillez, tu carisma, esa manera tan natural de no ser otra cosa, que ser tu misma y eso, eso… esboza la plenitud de la juventud y la divinidad de las mujeres hermosas, cuando se les aprecia de una manera objetiva.

Nos presentaron muy informalmente, recuerdo no haber escuchado bien tu nombre en ese momento, pero ahora, pude más o menos concluir que sucedió así:

- Hola, que tal. Kathy – dijiste. 

- ¡Mucho gusto! – contesté. 

Fueron los 5 segundos más cortos y placenteros del enigmático ejercicio de conocer a alguien que he tenido hasta ahora. Aunque no sé si por pena o por la bobería que produjiste en mí, no volví a preguntar cómo te llamabas. No tengo la menor idea si tú te aprendiste mi nombre, no sé si lograste ver mi cara de idiota, pero ya me imagino lo que pensaste si lo llegaste a notar. 

Me fui de ese lugar a cumplir con el resto de tiempo que le toca gastar a una persona, cuando debe entrar en un nuevo círculo social. Después de todo, fueron unas muchas buenas personas que pude conocer ese día. Fue de los mejores nuevos días que tuve en mi vida.

Al llegar la noche, tirado en mi cama, escuchando una canción, con los audífonos en puestos a alto volumen, sin mucha ropa, las luces apagadas, la ventana que da hacia el patio abierta, la televisión encendida transmitiendo un programa que ni idea de que trataba; me acorde de ti. Fue repentino, fue un toque de suerte, de memoria, de necesidades, de admiraciones, de nostalgias, de todas esas cosas que construyen a un ser humano y los hace soñar y tener razones para seguir en pie, ante esto que llamamos “Vida”. Solo recordaba tu dulce y tierna voz, recordaba todo lo idiota que me hiciste sentir al verte, al imaginar las más estúpidas cosas que puedo imaginar para con una mujer.

Ya casi abatido por el sueño, aproveché toda esta ventaja que tiene la era digital y te busqué en redes sociales, te cuento, fue un mal invento, fue reafirmar que eres jodidamente hermosa. Me sentí ansioso, consternado, idiota, impotente, soñador, culto, inculto, esperanzado, derrotado, sin ideas sobre que te gusta, que quieres, con quien sueñas, a quien ves… como lo dijo Francis Cabrel, en su canción “Está Escrito”. Ésa noche, fue de las más intranquilas para poder conciliar el viaje que conduce Morfeo.

Ahora, comprendo lo que un día dijo la gran escritora contemporánea Mayala Angelou, “Las personas olvidarán lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo las hiciste sentir.” Y son años que te “conozco”, pero siempre quise escribir de cómo me hiciste sentir ese primer día. Aunque te cuento, por fortuna o por tragedia, no fue el único día que me hiciste sentir de tal manera.

Soy quien escribirá sobre ti, cada vez que sienta la necesidad que contarle a alguien, como se ve desde mis ojos.

Comentarios

Publicar un comentario